Siempre que se habla de paisaje, ha de ir por delante un recordatorio de la definición exacta de este concepto según el Convenio Europeo del Paisaje del año 2000: “Paisaje es cualquier parte del territorio, tal y como es percibida por las poblaciones, cuyo carácter resulta de la acción de los factores naturales y humanos y de sus interrelaciones”.

Pero el paisaje no es algo inmóvil, algo que ha de ser convertido en una pieza estática como si de un objeto de museo se tratara. El paisaje es un ente dinámico, vivo, con sus propias inercias y dinámicas tanto externas como internas. El ser humano forma parte del paisaje; tanto de una forma tangible, por ejemplo con las infraestructuras que se construyen en un territorio y que alteran el estado natural del mismo, como de una manera intangible, introduciendo elementos inventados por la mente humana en paisajes existentes y teniendo una influencia y capacidad de transformación muy real sobre ellos.

Ejemplo de esto último es el Quijote, nacido de la mente de Cervantes, y La Mancha. Tal es la influencia de este personaje literario sobre las tierras manchegas, que se han creado Rutas del Quijote, cambiando y revitalizando muchos de los pueblos por dónde discurren estas sendas, y por tanto, transformando sus paisajes.

Es este carácter tan especial del territorio lo que ha de saber gestionar un buen profesional del paisaje. Éste, ha de ser capaz de mantener las cualidades más personales de cada paisaje, permitiendo que continúen con su evolución natural, pero a la vez coordinándolo con los usos y actividades humanas que permitan el desarrollo de la población.

Se trata de una tarea difícil , la de compaginar respeto por el paisaje y desarrollo del territorio, y por ello son tan apreciados los profesionales capaces de llevar a buen puerto la unión de estas dos variables, a través de proyectos de gestión.

10421191_lUn elemento importante es la correcta integración en el medio de los elementos humanos distorsionadores del paisaje, tales como infraestructuras y equipamientos. Para ello es importante conocer las características intrínsecas de un paisaje, su textura, cromatismo, volúmenes y coherencia de los elementos que lo integran; así como conocer las técnicas de análisis, caracterización y valoración de los resultados obtenidos.

Con un correcto estudio del proyecto, se pueden determinar exactamente las unidades de paisaje que integran un territorio, qué tipo de elementos se puede introducir  en él y cuáles son las medidas preventivas y correctoras que se han de aplicar para que el paisaje continúe su evolución natural.

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